Profe,
Cuánto te quise y cuánto me enseñaste. De ti aprendí el amor por la música. La amabas con una intensidad tan profunda que, a veces, parecía que la querías incluso más que a la vida misma. Siempre me hablabas con orgullo de tu hija, Anlly, y del inmenso amor que sentías por tus nietos. Al final, el amor nunca se marcha de este mundo; permanece en quienes tuvimos el privilegio de recibirlo.
Qué hermoso era ir a tu casa, sentarnos a la mesa y conversar durante horas. Hablábamos de la vida, de tus historias, de tus recuerdos. Me contabas de tu amor por Esperanza y del amor incondicional que ella te tenía, de cómo te cuidaba y te protegía, incluso de ti mismo.
Profe, la vida no me alcanza para escribir el dolor que siento. Aunque estas palabras ya no puedan llegar a tus ojos, sé que siempre supiste cuánto te quería. Tú y Esperanza fueron los abuelos que tanto me hicieron falta. Y la vida, con su prisa, me tomó del brazo y me distrajo entre tantas responsabilidades. Aunque siempre pensé en ir a verte, hoy me duele profundamente no haberlo hecho. Me arrepiento de no haber compartido un almuerzo más contigo y con Espe, de no haberme sentado una vez más a escucharte, de no haberte abrazado cuando todavía podía hacerlo.
Qué honor tuvo este mundo al tenerte. Qué privilegio el de tu hija y tus nietos de heredar tu ímpetu, tu sensibilidad y la frescura de un corazón tan noble y tan honesto como el tuyo. Tu forma de vivir, de enseñar y de amar dejó una huella imposible de borrar.
Nunca te olvidaré. Espero que, dondequiera que estés, la música siga acompañándote como siempre lo hizo. Y tengo la esperanza de que, algún día, volveremos a encontrarnos.
El mundo nunca volverá a ser el mismo sin ti.